Juguemos

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Salgo del estado latente y me obligo a ejercitar la mente cada cierto tiempo. Es todo lo que me queda.

Repaso la lista de mundos que me quedan por explorar. Río para mis adentros. ¡Qué ingenuo! Realmente nunca podré acabar con la infinita cantidad de niveles, reinos, escenarios o lo que sea que se les ocurra a los Desarrolladores. Llega un momento en el que se debe descartar la mayoría de ellos y centrarse en los que, sorprendentemente, aún consiguen motivar los pocos resquicios de vida que le quedan a uno.

Ay, hablar de la vida sí es triste. Apenas puedo recordar la última vez que pude decir con mi propia voz que estaba vivo. ¿Cuánto hace ya de aquel día en el que alguien decidió someterme a la Inmersión? La decisión, os lo aseguro, no fue mía. Creo recordar vagamente días felices al lado de Lucía paseando por prados verdes. No puedo ser más conciso, lo siento. Las imágenes se confunden con las de algún mundo virtual en el que me he hartado de matar a enemigos ficticios. Parece ser que ésta confusión es de lo más normal. Poco después acaecería el accidente. Pasé años postrado en una cama a la espera de un milagro sin ser consciente más que de mis propios pensamientos. No era capaz de captar ningún estimulo externo. Cuando había perdido toda esperanza, cuando todo parecía indicar el fin, desperté.

¿Qué me apetece hoy? ¿Saltar de un lado a otro? ¿Rescatar princesas? ¿Matar, matar y matar? ¿Quizá algún juego de azar? ¿O de inteligencia? No, estos ya no me aportan nada. El procesador que habito es capaz de resolverlos tan deprisa que apenas tienen sentido. Quizá deberían replantearse la posibilidad de dejar que fuesen las máquinas las que crearan los problemas en lugar de resolverlos, así tendríamos algo contra lo que enfrentarnos, en lugar de contra las tristes y simples mentes de los Desarrolladores.

Me decido por uno de los clásicos aunque solo sea por su nombre. ¿Por qué no? Arkanoid siempre fue uno de mis favoritos, seguramente porqué tuve la posibilidad de jugarlo en vida. El recuerdo me transporta a tiempos mejores, a mi infancia. La versión actual deja mucho que desear: el nivel de realismo y la posibilidad de engañar a la mente simulando que realmente se está pilotando aquella nave no tiene punto de comparación con la versión original, pero al final, aún con todo, cansa y aburre. Se ha sacrificado la frescura, la simpleza de aquella plataforma grisácea con los extremos rojos que se desplazaba de lado a lado esperando incansable el retorno de la bola, en pos de la modernidad y los fuegos artificiales. Demasiados elementos que no aportan nada. Pero vamos, supongo que los Desarrolladores también han de comer, ¿no?

Aquí no se come. Ya no hace falta.

Parece ser que la humanidad ha conseguido lo que tan fervientemente anheló desde el primer momento: la Inmortalidad. Siempre se trató de una lucha frente a las enfermedades y la muerte. Erradicar las más simples fue relativamente sencillo. Después, técnicas más avanzadas consiguieron curar la mayoría de las variedades de cáncer. Lejos queda ahora la necesidad de extirparse órganos dañados o susceptibles de enfermar para engañar unos años más a la paciente muerte. Si uno no iba a engendrar más hijos ¿para qué necesitaba sus ovarios, sus pechos o sus testículos? Riñones, pulmones, páncreas o estomago, poco importaba. Si era viable sobrevivir con un remplazo mecánico, entonces todo era válido. Las patologías neurodegenerativas fueron también un bonito e interesante rompecabezas pero, lejos de darse por vencidos, los humanos perseveraron y ganaron. El cerebro fue el órgano que más oposición puso a la migración tecnológica, mucho después incluso de la posibilidad de vivir sin corazón.

Para el irreversible proceso al que me sometieron solo les hacía falta un cerebro en buenas condiciones. Por suerte, eso era lo único que podía ofrecer.

No sé cuantos somos los afortunados, perdonad la ironía, que vivimos en ésta insípida realidad, inmersos en la Máquina. No he tenido aún contacto con nadie. Consciente pero sin esencia corpórea para siempre o hasta que alguien se de cuenta que desconectar el enchufe es lo más sensato. Me temo que pronto no quedará nadie al otro lado para tomar la difícil decisión y ejecutar, nunca mejor dicho, la ardua tarea.

De momento hay que jugar, ¿verdad? Juguemos, pues. Es todo lo que nos queda. A ver, ¿dónde estará esa esquiva pelotilla?

 

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—Doctor…

—Lucía, me han dicho que habías venido. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias. ¿Y él, sigue igual?

—Sigue luchando.

—Tanto tiempo…

—Es una batalla larga y difícil. Debemos tener paciencia.

 

Ping…

 

—Y ese maldito sonido, ¿no lo pueden parar? Me pone de los nervios.

—No te preocupes, él no se da cuenta de nada.

Lucía mira con pena a su esposo sin decir nada más. Nunca ha estado muy segura de eso.

 

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